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textos que en algún lado tenía que poner.

domingo, 14 de febrero de 2010

Nos mudamos! Vienen??


Desde hace casi dos años que este blog es como mi casa.


En el camino perdimos la "y" en la url. Es justo, dejamos abierto entonces un mundo de posibilidades. Mujer, madre, argentina y.....

Cerramos la puerta, con cariño, de este lugar y nos vamos, contentos, muy contentos, al nuevo.

Los invitaría, pero no es necesario. Ustedes ya tienen la llave....

martes, 9 de febrero de 2010

Volver. (Viene larga la vuelta, aviso)


Tome señora, muchas gracias, me dijo el de 25, sentado en la fila de adelante del avión en el que estábamos despegando. Que ingrato, pensé yo. Le doy caramelos para que el boludo pasado de cerveza carioca no vomite y me devuelve la atención diciéndome señora. Igual me gustan los viajes. A veces más que los destinos.

En todos los tramos de estas vacaciones que termino mientras escribo, de ida y de venida, en trasbordo y en excursión siempre me he encontrado con cosas que quería traer aquí. Muchas desaparecen antes de convertirse en texto, Tengo la esperanza de que mi memoria haga una selección natural y sólo quede lo mejor. Pero bueno, somos pocos, nos conocemos mucho… lo que queda es lo que hay, sin más reflexiones al respecto.

Impregnados en la retina tengo todos los colores del mundo. Se concentran, infinidad de veces, en las sogas de las que cuelga la ropa lavada en los barrios de Brasil. Y cuánto más humilde el barrio más colores por soga. Como si la miseria con colores fuera más sencilla, o menos mísera.

En un colectivo de línea, cuando viajo siempre tomo colectivos, en un camino largo, pero no tanto como el de mi casa al centro, y además en lugar de al centro voy a una playa llena de mar, empiezo con algo que nunca puedo evitar. Está en el top 10 de las cosas que en mi fluyen muy naturalmente. Empiezo a mirar a las personas y las atravieso con mis historias jugando a que son las de ellos. Y me detengo entonces en la señora más cercana, una negra gorda vestida de naranja que huele a calor. Esta sentada adelante mío, tiene el pelo mota y canas. Las uñas despintadas de bordó. Sé que vuelve a esa isla, no está de visita. Hace el camino inverso a la mayoría de los que en ese momento habitamos el bus. Luce contenta pero cansada. Podría firmar un documento que diga que trabaja como ordenanza en algún restaurante de la ciudad. O en la cocina. Le hace mohines a mi hija menor y le dice algo que mi niña contesta.

La nena, con su media lengua, está mucho más cerca del portugués que el resto de la familia. Mientras, la mayor se asusta cuando no comprende el idioma, mi marido no habla ni en castellano con nadie que no conoce y yo, bueno, yo me comunico hasta en chino si es necesario. No deja de sorprender de todos modos, como las palabras a veces alejan. La menor jugando con varios amigos diferentes por día, en un juego universal, y la mayor, ya más convencional, sola, encerrada en sus propias palabras. Conozco adultos con las mismas (in) capacidades.

Luego veo a otra señora menuda, también canosa y morena. Lleva un balde por cartera y los ojos perdidos entre las arrugas. Se baja en una casa solitaria, en el medio de la nada. El colectivo para como si supiera y casi la deja en la puerta. Sabe. Se ve a un viejo trabajando la tierra, ella, menuda, camina hacia la entrada, ni se miran. En esas vidas me quedo, tanto imagino y creo que no me queda lugar ni tiempo para el resto de los pasajeros. Y de banda sonora el tractractac de las ruedas del colectivo en las rutas y en la tierra.


Pero, invariablemente, en algún momento vuelvo la mirada sobre mí y me veo sentada en ese colectivo, mirando por la ventana a la señora que no mira al señor que no la ve. Circunstancialmente puedo pensar también en cómo me recrean los otros, la señora gorda que huele tremendo, por ejemplo. Será real algo de lo que sospecho en los demás? Suena tan vívido en mi cabeza que por las dudas nunca se me ocurriría preguntar. Soy extranjera, una extraña robando pasados y sentenciado los futuros de algunos que ni siquiera me saben ahí.

Llegamos a la calle del hotel, nos aturde el corso, un camión gigante con una banda como de 15 que de tanta alegría parece que les va a agarrar un paro cardiorrespiratorio en masa. Me bajo corriendo con mi hija mayor, la menor se va con el padre a descansar, y en el medio de la gente que baila, baila en los balcones, en la calle, en la vereda, en las bicicletas, en los negocios, en los puestos callejeros, en los autos y en el camión, descubro que se hizo de noche. Y noto también que no tengo el sombrero puesto. Tranquilos entonces, tanta gansada medio barata sólo ha sido el producto del sol que me dió de lleno en la cabeza durante horas. Mañana prometo ponérmelo. Me lo prometo digo, sino menudas vacaciones entre tantas tribulaciones.

En el medio del barullo la cazo del pareo, mío el pareo, la pequeña bestia lo tiene puesto y no se lo pisa. Vamos al Supermercado. Otra cosa que hago siempre cuando viajo es ir a los supermercados. No a los de turistas ni a los céntricos, a los supermercados de verdad, en donde la gente me mira recelosa porque no me conoce. Ahí si siento que registro lo nuevo, lo diferente y auténtico. Paseo por las góndolas dejándome llevar por los olores y los empaques. Los supermercados hablan y te cuentan la historia de la gente que los usa. El orden de los productos, qué está de oferta, qué es atractivo, en dónde se concentran las señoras, las frutas y las verduras. Es un idioma. Compro regalos muchos más lindos que los de las casas de souvenirs y siempre me llevo algo especial para mi cocina. Si, si, si, ya se, pero recuerden que no me había puesto el sombrero.

Volvemos al hotel y la noche y luego el último día. Un día raro. La chica de las trencitas de mis hijas deja de trenzar de repente y se saca el collar que tiene puesto y me dice que es un regalo para mí, que ella quiere dármelo. Luego, camino por una reserva indígena, paro a comprar unas hebillas muy rústicas y cuando estoy saliendo la india pataxó que me atiende me chista y me dice que yo tengo muito luz y me pregunta si me puede poner un amuleto. Y me ata un collar en el cuello. Solas. En una choza de barro, una de las pocas que no tiene tarjeta de crédito. Muy raro todo. La de las trencitas es más comprensible, porque ahí estaba la pequeña, y entonces capaz le dí lástima y quiso protegerme, pero ahora, con la india estaba sola. Igual el descanso físico de las vacaciones no es necesariamente un descanso mental, así que no le doy más vueltas al asunto. Y ando con los dos collares. Y con mi rosario de plata, por las dudas.

Salimos para el aeropuerto envueltos en calor. El calor no se siente igual cuando llegás que cuando te vas. Es como el peso, no es lo mismo pesar x kilos mientras estás bajando que si los estás subiendo. Aunque el número sea el mismo.

En el aeropuerto me choco con un chico alto vestido de negro, con zapatillas cuadriculadas, cinto de tachas, mirada lánguida, tez muy blanca y parte del flequillo largo teñido de violeta. No es dark, no es emo, es el. Esa gente en general me cae bien, y aquí sobresale con su apatía lenta entre tanto coco, sunga y flores de tela. Además me resultan más crípticos, exigen más de mí a la hora de hacerles la biografía y de adivinarles el futuro. Se me antoja más cercano. Intento mirar el libro que lleva encerrado en su mano. Siempre llevan un libro. Y me decepciono cuando veo que es Luna Nueva. Mierda Carajo. Hace unos años un tipo así me hubiera mostrado un libro que yo querría leer (O en este caso que querría no haber leído). Seré yo o serán ellos? Será al final que la nostalgia despiadada de la juventud que hemos criticado en nuestros padres se nos hace carne? (y se caga de risa de nosotros claro).

Luego un trasbordo, Mc Donalds, que es un no lugar perfecto que te permite no pensar y marcar el combo en piloto automático. Y las nenas una alegría. Y el free shop. Me gusta el free shop. Amo el free shop. Parada técnica en el baño y en migraciones veo como, a través de un vidrio, mucha gente mira hacia el mismo lugar. Ignorando las miradas, pasa una chica alta y flaca. Con un vestido al cuerpo y hasta el piso. Corte carré, pelo negro, mucho maquillaje. Hasta ahí nada extraño. Si no fuera porque tiene puesto un corset sobre el vestido, bien fetiche, de esos que uno ve en los documentales viejos, tipo The Real Sex, que pasan en el cable. Cintura de avispa. Irreal. Más chica que la de la Barbie. Es violeta el corset, y los tacos altos al tono. Ahí ya no, esto es una joda. Una provocación. Lo dejo pasar de rebelde nomás. Derechita la tipa, pasos cortitos, bastante debe tener con su vida como para que yo la cargue con otras. Además, no puedo pensar en nada más importante que en cómo carancho hará para respirar. Y quién se lo habrá puesto… Se va y la pierdo en la multitud. Por suerte.

Estamos en San Pablo, en un aeropuerto honesto. Tan gris y tan de cemento como la ciudad a la que te abre la puerta. Me pido un café negro. Ya estoy medio cansada de tanto jugo de Guayaba.

Me siento y al lado un pibe joven concentrado en su libro. Tan concentrado que ni los gritos de mis hijas lo sacan de su lectura. La piel chocolate hace juego con su boina cuadrillé en tonos tierra. Muñequera de cuero marrón. Bermudas y remera. Como con onda pero estudiada. Prolija. Diagramada. Si me fuera la vida en ello diría que es su primer viaje a Buenos Aires. Ojala lo reciba bien. Sus ojos son inocentes, pelo bien cortado, manos cuidadas. Va a una entrevista de trabajo, sigo, seducido por nuestra ciudad tan pero tan atractiva. Y tan puta a veces. Me dan ganas de protegerlo.

El avión que se retrasa y yo escribo. Tengo varias dudas. Por ejemplo, mientas no sabemos si vamos a estar ahí 20 minutos o 10 horas, no sé si seguir escribiendo o ir a hacer un desastre al otro free shop, el que descubrí al final del pasillo. Luego, cuando la menor empieza a mostrar su carácter, otra duda: La subo a ella al vuelo a Johannesburgo que sale en 10 o me subo yo?

Finalmente nos sentamos. Mando el mensajito a la corte de familiares que nos esperan. Bah, a las nenas esperan. Anuncio la demora para que no llamen a la guardia civil. Cosas del amor. Y de la vejez.

Mis hijas y mi marido sentados los tres juntos, el pasillo y yo. Nos turnamos, en el viaje hasta aquí fui yo con ellas. Ni pienso decirles cuál de los dos lugares es el premio. Sobre todo porque si leyeron algo más de este Blog no hace falta. Me pide permiso para pasar el que va a Baires a buscar trabajo y una vida tal vez no tan prolija. Para mí que es gay pero en su ciudad, con los suyos, no ha podido serlo. Me saluda amablemente, casualidades esas que te sientan al lado al mismo tipo con el que estuviste tocándote el codo en una sala de pre embarque gigante llena, pero llena, de gente. Sigue metido en su libro. Y la tapa se me insinúa más puta que Buenos Aires. Escrito en grandes letras blancas: As 21 irrefutaveis leis da lideranca. Y debajo del título, por si no entendiste: Uma receita comprovada para desenvolver o lider que existe em voce.

Irresistible. Claro que lo que más me llama la atención es el número 21, porque lo de irrefutable me causa gracia. Los números redondos no aportan a la credibilidad. Digo, si te dicen que son 20 capaz pensás que eran 21 o 19, pero que el editor le dijo que era más elegante llegar al número redondo. Yo hago el camino inverso y desconfío. Para mi que eran 20 y lo obligaron a partir una en dos para que el chico gay de la muñequera de cuero lo compre.

Tres filas más adelante un niño no deja de llorar con el sonido inconfundible del capricho. Fuerte llora. Tiempo atrás hubiera tenido que reprimir mi firme decisión de asesinarlo sin ninguna contemplación. Hoy, años después, siento cierto alivio al notar que hay en el avión un infante más molesto que la propia. Incluso sé que esos berreos van a tapar el mantra incesante de mi hija menor que a viva voz va a cantar casi todo el tiempo que esté despierta: Esteshita doestasssss. No es que no me molesten los gritos del pequeño maleducado. Me molestan, pero me alivian. Cosas de la paternidad.

Igual, ya debería saberlo yo, nada es definitivo y del alivio me arranca la voz de la pequeña que, acompañada de la manito, dice: Aion uhhhhh pufff!!! Imitando un vuelo que abruptamente se desploma. Ahora, tiene dos años, nada sabe de Lapa ni de Lost (A pesar de la enfermiza adicción del padre que bajó el primer capítulo de la nueva temporada una noche en el hotel, luego de la cuál nunca más funcinó bien la conexión. Para nadie). Repite el jueguito, cada vez más alto y cada vez más violento es el puff. Le resulta muy divertido.

Recuerdo, como un cartel de peligro rojo, cuando me dijeron que había sublevado a toda la salita de la guardería. Proyecto y me río. Risa nerviosa. Vuelvo a la realidad y noto que mi marido comparte mi risa. Y mi nervio. Temo por los pibes de los caramelos, mirá si se sienten mal, les tengo que dar azúcar y me vuelven a decir señora. Los miro otra vez, están sentados, como nosotros, en el mismo asiento que en el primer vuelo de la combinación. Deben tener aproximadamente 25 años, se fueron de vacaciones a Brasil y vuelven con bermudas pinzadas y camisa, si, dije camisa, a rayitas. Unos insolentes, como me van a ver señora con esa pinta? Completo la ficha de sus antecedentes, les designo barrio y carrera universitaria, pero un poco me aburre. Rápido, el padre de la criatura (la mía), le tapa la boca con un caramelo y la saca de la hipnosis repetitiva y espero, nada agorera. Basta de uhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh pufffffffffffffffff!!!!!!!!!!!!! (A esta altura ya era así de largo).

Me recuesto en la butaca, aprovechando el tiempo que dura el caramelo, y le comento a mi marido lo buena que está la azafata que nos enseña como ponernos la máscara en el supuesto caso de que el avión se caiga y en el mucho más remoto caso de que podamos sobrevivir a ello. No me gustan las chicas, pero no puedo más que observar que la mulata tiene curvas hasta en la trompa. El resto del pasaje mira absorto y se entera, capaz, por primera vez en cientos de vuelos, en dónde carajo están las puertas de emergencia. Mi consorte me responde que justo estaba pensado que las azafatas de los vuelos a Brasil están considerablemente mejores que las de los vuelos a Chile, a donde va seguido. Nos reímos juntos. Hoy es nuestro aniversario. Un cumple mes. Nada importante, al menos no para nosotros. Pero hoy lo recordé, toda una proeza.

Saco la máquina y termino este texto antes de que no tenga sentido ni palabras. Lo hago en una carrera apurada con el carrito de la comida, que me va a obligar a cerrar la compu. Le gano.

Terminé, ya está. Estoy lista. Como miro a los demás me miro a mi y descubro, no sin cierta satisfacción, que a lo largo de mi propia historia, si bien me divierto en los caminos, siempre he tenido una insospechada habilidad para saber en qué momento exacto ya iba siendo hora de volver a casa.





jueves, 4 de febrero de 2010

Al palo. La Argentinidad.


Si la sunga es negra y debajo se ve la marca del sol apenas por encima de las rodillas, seguro es argentino. Llegó a las playas de Brasil, se sacó el short largo de reef y se calzó la sunga. Y este personaje es un argentino con menos de una semana en estos lares.

Luego, con la sunga puesta y bien calzada, irá al centro, a desayunar, a la cena, a las excursiones y al Shopping. Y no va a bailar en sunga porque la tiene que lavar.

Y luego de una semana, cuando ya haya perdido toda la compostura, cambiará el negro que cubre sus vergüenzas por un modelito rayado, amarillo y verde, con dos palmeras en el culo.

Así somos los Argentinos en Brasil. Hay otras señales inequívocas de que te estás cruzando con un coterráneo. Las minas tienen bolsos gigantes, acá andan más livianos, parece que no hace falta llevarte la vida encima. Luego, los argentinos nos vestimos de negro, a pesar de los 42 grados a la sombra. Hablamos a los gritos en cualquier lugar. Presencié como una agitada señora le gritaba al pibe de la recepción del Hotel, que le decía que había un error y que no estaba registrado que llegaban como un bebe y que le iban a dar la cuna al otro día, que lo único que faltaba era que le dijera que le iban a sacar el inodoro hasta el otro día, así que si quería cagar tenía que esperar. Más allá de si tenía razón o no, la cuestión es que se entendía ella sola, el recepcionista no habla una palabra de castellano. Los argentinos creemos que todos hablan nuestro idioma, y si vemos que no nos dan pelota, hablamos en inglés. Al tipo que nos mira en portugués.

La tasa de tetas hechas y de trompas infladas por el botox es alta en las argentinas en Brasil, sobre todo en las que pasan los 40. Cadena de oro con siluetas de lo hijos. Bikini metida en el orto, modelo no apto para Cariló. Tattoo de henna encima de la cola y en tobillo. Trencitas bahianas con bolitas plateadas, un bolso gigante de Versace, ojotas con taco y flor en el pelo. Porque acá todas nos animamos al floreado. Es como Miami pero diferente. Menos dorado, más pobreza, menos prejuicio, más Brasil.

Las pendejas argentas miran asombradas a las adolescentes morenas que lucen sus carnes sin tapujos al sol, a los negros embobadas, a la tapioca con asco y se mueven en masa, como si tuvieran que protegerse de algo. Bailan en la playa como reprimidas, bailan chiquitito, sin dejarlo ser. Y les cae la remera adecuadamente, dejando al descubierto el hombro en el que tienen tatuado su nombre con letras chinas.

Los argentinos vinimos con mate (Algunos boludos nos olvidamos la yerba) y lo llevamos puesto. A la playa y a la pileta. Al desayuno y a la cena. Revolvemos baratijas, sobre todo con el cambio actual, en lugares que se parecen a Constitución y en los que nunca se metería la señora del botox, ni el marido, el de la sunga, si estuvieran en la Argentina.

Los varones argentos de primer veraneo, también en manada, descubren lo sexi que es la frescura y la alegría de las morenas exuberantes. Aunque se les pierda la tanga en los rollos. Y si se cruzan con un grupo de argentinas sacan pecho y caminan mirando el horizonte, como un grupito de Gi.Joes. Pero en cuanto se pierden, he visto como se aflojan. Bueno, es un modo de decir, y caminan por la playa entre asustados y al palo. Con la argentinidad al palo quiero decir.

Los argentinos, deseosos de volver con un bronceado caribeño, aunque no estemos en el caribe, nos matamos el primer día con el sol y usamos protector – 2, entonces el tercer y el cuarto día no podemos sacar la cabeza del cuarto hasta que no anochece, y ahí es fácil reconocer a los argentinos. Son fosforescentes. Al tercer día se pelan y al cuarto vuelven a la playa con protector para bebes 50. Es que no nos creemos eso de que el sol sea el más grande del mundo, digo, los más grandes del mundo no somos los argentinos?

Y por si fuera poco, combinamos, sistemáticamente, el sol, la sunga, el bolso, el tattoo, la flores, la tanga y los gritos con la remera de la selección. Se puede jugar a ver remeras de Argentina y a clasificarlas por años.

No digo que seamos mejores o peores, y no digo que seamos todos, y yo juro que no tengo botox y que mi marido no tiene sunga. Ya van como 7 que me preguntan si soy tana, debe ser por las tetas naturales y de tamaño considerable. O porque no tengo remera de la selección. Somos lo que hay. Pero no deja de ser asombrosa la conversión. La señora que llegó hace 10 días con sandalias Sarkany o con las zapas de dedo partido de Nike, blancas, anda ahora con ojotas de Ipanema con flores de plástico y tiene las uñas de las patas decoradas con mariposas. Eso si, procuró comprar acetona para sacárselo antes de llegar a Baires, en donde volverá al nude clásico o al rojo de moda.

Y por las dudas, no es crítica, es descripción. No es juicio, es deformidad profesional. Sólo reconozco que mi bolso de playa es el más grande que he visto. Del resto no me hago cargo, y de lo que me hago no lo he puesto aquí. No tengo por qué hablar mal de mi, después de todo soy argentina.

Y al final, sólo es cuestión de seleccionar las fotos.

domingo, 31 de enero de 2010

Cumplimos, que no es poco.


Lo bueno de cumplir año en Brasil es que cualquiera se pone una bikini. Incluso yo. Está bueno, aunque a otros les parezca una banalidad. Aquí soy de talle M para abajo. Es que es un sitio en donde el calor te obliga a la desnudez y a beber cerveza desde temprano, la conjunción entre kilos y bikinis es bastante diferente e lo que uno ve en Pinamar. Y además en Pinamar o te comprás la bikini o pagás las cervezas, ni con el cambio en contra del real llegás a los mismos costos.

Ya me había pasado en otros países de raíz latina y calurosa. Hace unos años por ejemplo, cuando yo pesaba literalmente 20 kilos más que ahora y además estaba embarazada, caminar desde el hotel hasta la zona de Condado, una playa divina de Puerto Rico, me resultaba fascinante por el menú de piropos increíbles que levantaban mis tetas y mis redondeces. Poco pero suficiente para mis diatribas internas que me sumergen en pozos profundos que sólo los que me conocen muy bien adivinan y soportan. El resto por suerte ni se enteran.

No faltará quien diga que me quejo de llena, y que lo bueno de cumplir años en Brasil es, para empezar; que uno está de vacaciones. Sobre esto último podría escribir 10 páginas, pero se las ahorro. No son los años ni las canas. Es lo que hay. Y además tengo serias intenciones de que vuelvan a leerme alguna vez. Egocentrismo puro será, como me dijo uno el otro día.

A horas de mi onomástico, no me molesta el paso del tiempo. Pero este año que pasó me pesa un siglo. A pesar y gracias a Dios, de mis amores. Ellos saben. Y con eso lo celebro, con el cansancio y los amores. Con los lutos y los nacimientos. No se trata de equilibrar, sino de saber distinguir unos de otros.

Y mientras, como para ponerme a tono, dejo pasar los días vacacionales entre la cerveza y los camarones. El problema es que uno no se puede tomar vacaciones de uno mismo, se lleva puesto dice una amiga. Tengo una angustia del año viejo que espero desaparezca aquí, y mientras, entre Skol y Skol no se si estoy distante o borracha, pero vamos que es sólo un detalle.

El sol que raja la tierra carioca y acentúa los olores de la cocina bahiana. Los colores fuertes y la gente exuberante. La música que nunca para pero que, al menos a mi, no me molesta. Estamos en un pueblo que parece Macondo. Y se mezclan los nenes jugando en patas en las callecitas de noche con los turistas fosforescentes, irrespetuosos del Febo de aquí, que claro, es el más grande del mundo. Sumo al paisaje a la mayor que no logra hacerse entender y yo que le digo que el idioma es lo de menos, que si sólo fuera cuestión de lenguaje…. La menor que sale corriendo detrás de todos los vendedores de choclo y que se empeña en decirnos que los sapos de cerámica de la tribu indígena que aún están en este lugar son el Sapo Pepe. Mi amor amoroso y considerado, valiente y generoso. Y los otros que importan, que están aunque yo esté lejos. Y aquí no hablo de kilómetros.

Y hoy en el medio de una excursión con un calor tremendo llegamos a una vieja Iglesia en donde habita la Virgen da Pena. Y explica la guía, harta supongo de decir lo mismo varias veces al día todos los días (conozco gente que vive así sin ser guía de turismo) que no es pena de dolor, sino pena de pluma. Que esta Virgen tiene una pluma en la mano para escribirle al Dios lo que quiere. Y como casi es mi cumpleaños, me permito la obviedad barata de pensar que no hay diferencia entre pluma y pena. Que incluso en el humor se escribe porque se pena. Y que la pena no te aleja de lo otro que se disfruta, conviven. Sin falsos dolores, que para poeta maldita me falta talento y me sobra gusto por las cosas buenas. Y sin comparaciones imposibles. Por lo de Virgen digo.

Le compro un rosario de la Virgen de la Pena a mi amiga que me escribe desde siempre en el alma, en otro intento de hacerle más liviana la carga. Me compro un vestido blanco para arriba de la bikini negra. Salgo corriendo atrás de la pequeña mientras el Hombre que vive conmigo se ocupa de la mayor y me detengo a sacarle una foto a la Iglesia.

Luego más fotos. De todo. Es que quiero tener presente el lugar en donde dejo mis 35. Y capaz no vuelvo más. Lo mejor está por venir dicen.

Y lo creo, sobre todo si lo aplico a a los camarones que me esperan para la cena mientras termino estas líneas. Un día a la vez. Lo mismo con las nostalgias. Y con los camarones.

Provecho. Y cumpleaños en paz. Lo de feliz lo vamos viendo, que después de todo no siempre es una obligación. Y está bueno que te agarre por sorpresa.


jueves, 7 de enero de 2010

1 AÑO EN 1 POST (El último, recargado)


ESTE POST PARTICIPA EN EL CONCURSO DE ATRAPALO. SI QUEDA ENTRE LOS 20 MÁS VOTADOS ES EVALUADO POR EL JURADO.
Si te gusta, al final del texto hay un botón. Con pulsarlo ya está, no tenés que registrarte ni nada.
TE LO AGRADEZCO MUCHO!

Último día del año. No estoy para balances. Suena el despertador, hoy trabajo igual. Apuro ducha y desayuno. En la cocina los olores de la comida para la noche vieja. Me pregunto si son los que van a recordar mis hijas cuando crezcan. Y uso canela y jengibre para que la nostalgia huela bien.

Me visto sin pensar (Ventajas de tener el 90% del guardarropas negro). Espío a las nenas. Beso a mi amor en los labios que me responden dormidos. No vivo sin esos besos. Quien lo hubiera dicho.

Camino casi una cuadra con el año en los hombros. Ayer no me pesaba tanto. Pero hoy es 31.

La ciudad está despierta. Ando ensimismada. El pelo mojado. El calor de la mañana en la cara. De pronto un grito: Ey! Te puedo hacer una pregunta?.

Un pibe, desde la mitad de la avenida en una camioneta. Gorra y ojos con chispa, el brazo acodado sobre la ventanilla, la cabeza sobre el brazo.

Yo aún no había emitido palabra. Abro la garganta: Si!, decime.

Conocés la calle Te Amo?
Y le explota la sonrisa de dientes.

Sonrío y me sonrojo. Tengo la guardia baja. Como en una película barata el gordo y el petiso de la gomería estallan en un aplauso. Se suma el grandote de la estación de servicio que, sospecho, vive ahí.

Arranca la camioneta, el grandote vuelve a su silla, los de la gomería al mate. Sigo caminando.

No es mágico. Pero casi. Falta abrazar a los que quiero para terminar el día y el año. Hoy no queda nada, pero a partir de mañana son 365 días para curar las heridas y para amar más.

Decidí que mi año terminó hoy a la mañana. Con aplauso y todo.

No hay balance. Desconozco el saldo pero agradezco. Nunca veo el vaso medio vacío, pero no significa que lo vea siempre lleno. Hay momentos, y diciembres, en los que me conformo con ver el vaso.

Sobre todo porque sino no puedo brindar.

Buen año y buena vida, que con un año solo no hacemos nada.



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jueves, 31 de diciembre de 2009

El último: Cortito y al pie (a mis).


Último día del año. Hay sol y es temprano. Suena el despertador porque trabajo medio día. No me molesta para nada trabajar, ahora, al próximo que me diga la frase esa de que el que es jefe no trabaja lo cago a trompadas.

Apuré el baño y el desayuno en silencio para no despertar a la familia. En la cocina los olores de la comida para la noche vieja que se apura más que mi baño y mi desayuno. Son raros los olores de la cocina por la mañana. A veces me pregunto si son los olores que van a recordar mis hijas cuando crezcan. Y uso mucha canela y mucho jengibre para que la nostalgia sea rica.


Me vestí con lo primero que encontré (Ventajas de tener el 90% del guardarropas color negro), anteojos de sol gigantes, con la esperanza de que tapen más que los ojos.
Espié a las nenas, la menor llena de Caladryl porque ayer se la comieron los mosquitos. La mayor muy mayor. Besé a mi amor en los labios, me respondió el beso dormido, casi como un reflejo conocido. Yo no puedo vivir sin esos besos. Quien lo hubiera dicho.

Caminé casi una cuadra con el año en los hombros. Ayer no me pesaba tanto, pero hoy es 31. Año de mierda pensaba, así, como una sensación que me envuelve. 20 kilos menos y me siento pesada. Me jodo, la ironía a veces se te vuelve en contra. Y tengo además la idea de que no tengo derecho a la queja. Me chupa un huevo, si querés llorar llorá dice Moria. Y yo digo que lo que tiene que doler es mejor que duela, sino después se enquista.


La ciudad estaba bastante despierta. No tengo muchos momentos de soledad, así que los disfruto. Ensimismada. Con el pelo mojado. Dejando que el calor de la mañana me de de lleno en la cara (y a la mierda el cáncer de piel, que tampoco es para tanto, que son las 8 de la mañana).

Ya había cola en la carnicería, se mezclan las bolsas de hacer las compras rayadas con los changuitos súper top que se pusieron de moda. Las cuadras que camino están llenas de talleres mecánicos y comercios. Llegando al final de la cuadra me quita de mi propio encierro un grito: Ey! Te puedo hacer una pregunta?.

Miro, si, era para mí. Un pibe que no podría ser mi hijo pero casi, desde una camioneta de fletes, parada en la cola del semáforo en la mitad de la avenida. Una gorra con visera y ojos con chispa, el brazo acodado en V sobre la ventana de la camioneta y la cabeza apoyada sobre el brazo.


Yo no había emitido palabra desde que me levanté. Igual nací con megáfono, así que abrí la garganta y respondí, claro y fuerte: Si!, decime. Y pensaba que todos los que íbamos a trabajar hoy por la mañana compartíamos un secreto.

Me responde: Ayudame!, conocés la calle Te Amo?. Y le explota la sonrisa de dientes.


Me sonrío y me sonrojo. Yo no me sonrojo fácil. Pero tengo la guardia baja. Mientras, como en una escena de una película barata el señor gordo y el señor petiso de pelo blanco de la gomería que saludo todas las mañanas estallan en un aplauso. Se suma el señor de la estación de servicio de la esquina que según mis cálculos vive ahí, o trabaja 24 x 7, que es lo mismo.


Arranca la camioneta, el de la estación de servicio vuelve a su silla, los de la gomería al mate. Sigo caminando.


No es mágico. Pero casi. Ahora falta terminar el día, abrazar a los que quiero. Y empezar el año. No me creo que cambie nada cuando el 31 de paso al 1ero. Pero reconozco que se genera la sensación de que se gana tiempo. Hoy no queda nada, pero a partir de mañana son 365 días para curar las heridas y para amar más.


Pero yo ya tomé una decisión. Mi año terminó hoy a las 8.15 de la mañana. Con aplauso y todo.


Buena vida a todos y un año después, gracias, muchas gracias, tantas gracias, por leer.

martes, 22 de diciembre de 2009

Acabemos con esto! (Que tenemos que volver a empezar).


Cuando llega fin de año además de todo lo que todos hacemos: Comer, comprar, desesperar, volver a empezar, evaluar, rendir, correr, yo además celebro aniversario de casados.

Esa celebración suma a la toma de conciencia del paso del tiempo. Y cuando me estoy por recuperar ahí, un rato después de los malditos fuegos artificiales del 31 cumple años mi hija mayor. Que es pequeña aún. Pero cada vez menos. Encima porta un cuerpo que la aleja de su edad. Tiene fiebre, mi marido se quedó con ella, me escribe desesperado para decirme, no que tiene 39, sino que tiene pelitos abajo de los brazos. La nena tiene musculosa hace 10 días y hace 20 que se lo dije, pero no, el tipo elimina lo que no puede procesar. Y le puso el termómetro y se chocó con la realidad. Cuando se indisponga lo internamos.


Un ratito después cumplo años yo. Hace años que no me acuerdo cuántos años tengo. Pero no es falta de compromiso con la adultez eh. Es que cuando parí a la mayor nació con unos problemas, se quedó internada, nosotros volvimos a casa y yo pase mi cumple entre terapia intensiva, el sacaleche y mi departamento sin bebe. Entonces como que perdí un año. Si me preguntan rápido me pierdo, dudo entre un año más o un año menos. Igual con esfuerzo lo saco, sólo tengo que concentrarme.

Después se me aparecen señales inequívocas que me causan mucha gracia. Porque si hay algo que nadie me puede negar es la gran capacidad que tengo para reírme de mi misma. Por ejemplo, estaba por salir el otro día y recordé que antes nunca salía de noche sin llevar los lentes de sol. No porque me los pusiera para ir a bailar, nunca fui tan boluda, sino porque los usaba a la mañana. Cuando volvía a casa. Por respeto a mis ojos y a todos los que se cruzaran conmigo. Ese recuerdo me hizo estallar en carcajadas. Sola. Y no logré recordar cuándo había sido la última vez que había salido con lentes de sol. No es añoranza. Es anecdotario.

Así que en los últimos días del año, mientras estoy comiendo, comprando, desesperando, volviendo a empezar, evaluando, rindiendo, corriendo, celebrando aniversario de bodas, pensando en el cumpleaños de la mayor y en el mío propio, respiro y con el último suspiro anuncio que la verdad verdadera es que tanto no me jode el paso del tiempo. Será que voy al trotecito rápido y acompaño lo que me dejan acompañar intentando no perder el ritmo. No sea cosa que se me enfríe el sudor.

El cuero es más duro y el corazón es más blando. Ironías de la vida, soporto mucho mejor las tormentas pero las heridas, muchas menos que antes, duelen mucho más. Me estaré poniendo sensible? Qué horror!


Mejor no me le animo al balance, lo dejo para el 31. No se si el saldo es positivo, pero agradezco tanto todo. Y realista como soy diré que si bien nunca veo el vaso medio vacío no significa eso que lo vea siempre lleno. Hay momentos, y diciembres, en los que me conformo con ver el vaso.


Sobre todo porque sino no puedo brindar...

Chin chin.
Y a otra cosa mariposa.

Cenizas quedan... (Esperemos que no muchas más)


Ya se había muerto Mamama. Luego, murió Mema. La otra abuela. Ahora no tengo más. No es tan dramático, digo, no se si tengo edad de tener abuelas.

Como ya he dicho en otras oportunidades, para humor negro mi familia es lo más. Igual negro es para afuera, para adentro tiene luz. Para negro mi ropa, el resto clarísimo.


Decía, sin terminar de vaciar los muebles de la casa de la abuela materna agarra y se muere la paterna. Lo bueno es que ya teníamos cinerario cerca.
(Y la logística clara, y contactos con la funeraría, y hasta casi precio promocional por el uso pero ese es otro tema).

Partimos entonces la familia unita, con los nenes incluidos, el día correspondiente, con la urna bajo el brazo, a llevar a Mema a rejuntarse con Mamama y con la Tía Tita.


Llegamos y como lo nuestro siempre es completito, se había muerto uno de los curas más viejitos de la Parroquia. Así que no sólo había urnas en el altar, sino que además estaba el cajón en la mitad de la nave de la Parroquia. Misa de cuerpo presente. Los curas llorando a su compañero muerto. Fellini nunca soño nada ni parecido.


Entramos en fila india. Los curas formados a un costado para entrar. Clima de velorio pero en paz. Mi padre se funde en un abrazo con uno de los curitas más jóvenes, compañero de facultad, y mientras el cura principal me hace señas con la mano para que me acerque. Todos los feligreses espectantes. Voy intrigada y me dice, en voz baja: Y ahora a quién traen? Y señala la urna. Ah! A mi abuela digo. Y me responde, desorbitado: Pero no la trajeron hace un mes?? La otra padre, la otra. Y por las dudas no me preguntó nada más.


Luego de esa conversación que merece un post aparte, transcurrió la misa rápido, ocupada estaba yo en hacer callar a la mayor que lo único que quería saber era si podía acercarse a ver al muerto. Cuando lo logró llegó a la conclusión de que parecía un muñeco de cera. Bastante razón tenía. Y como primer encuentro con un cadaver no puedo pedir más. Cero trauma, clima de paz y de Fe.


Después otra vez la ceremonia de las cenizas, como un déjà vu. Y ya al partir, sin más abuelas que entregar, cuando el Párroco me saluda le digo: Bueno, espero que no se nos haga costumbre. Y me miró raro.


Me parece que no era momento aún para hacer un chiste.


Y bueno, cada uno hace lo que puede con lo que tiene. Yo lo llevo a misa. No está tan mal. Sobre todo para estas fechas.

sábado, 28 de noviembre de 2009

TIC TAC TIC TAC


Hace un rato era Octubre, casi ni me di cuenta y ya es Noviembre. Pero no sólo eso. Noviembre está terminando y pongan la Fresita en la heladera porque en 10 minutos estamos brindando por el año que empieza (Al que termina mejor ni lo nombramos).

El 2009 vino complicado pero no me resigno a hacer ya mismo el balance. Si luego no tengo tiempo, no tengo tiempo. Por lo pronto tampoco tengo tiempo ahora.

En la próxima vida ya me prometí que trabajo en relación de dependencia. Es más, voy a ser empleada pública. Mientras me sigo ocupando de mi empresita. Y la puta que me parió (Nada que ver con mi madre).

Los empleados, los sueldos, las vacaciones, los regalos de fin de año, los clientes que quieren hacer todo lo que no hicieron durante el año pero más barato, los proveedores que quieren hacer menos pero más caro. Y tanto más.

La dieta complicadísima entre tanto brindis, cena, nervio, pocas ganas de cocinar y la mar en coche. La agenda entreverada entre tanto ídem. Y las fiestas de fin de año de los colegios. La colonia, hay que ocuparse de la colonia, mirá si después no hay cupo! Dios no lo permita. No tengo sábados libres hasta mediados de enero. Que tengo uno.

Me había anotado además comprar los regalos este mes. Luego parece que las tarjetas de crédito sacaban los descuentos a los que ya me acostumbré. Ahora parece que el gobierno no se los permite. No se que es peor. En un mundo ideal sería mejor podes decirles a las tarjetas y a las marcas que se metan los precios altos en el orto e ir, cantando bajito, a comprar a Munro. Digo, mientras el Gobierno se ocupa de otras cosas. Por lo pronto veo que lo compro en diciembre. Básicamente porque de Noviembre quedan unas horas y las tengo todas comprometidas.

Por si fuera poco mi hija mayor crece. Hoy me preguntó cómo era que Papá Noél sabía lo que ella quería. Concretamente quería saber cómo era que leía la carta. Y me miraba fijo. Ella está mayor y yo más, así que balbuceé y no se bien que le dije. Mañana retomaré el tema. Mucho para mí.

Para encarar con más ánimo Noviembre tomados la decisión intempestiva de irnos un fin de semana a mí pueblo, un lugar en el que me siento en paz (Vieron, si se lo que es, gente de poca fe). Siempre vamos a unas cabañas muy cómodas. Esta vez decidimos ir a un mega hotel, queríamos conocerlo. Reservamos y 10 minutos después un servicio de noticias se ríe de mí y me cuenta que en ese mismo hotel están filmando el final de Casi Ángeles. Se imaginan? Yo descansando en la pileta al lado de estos pibes con claritos? Me suicido. Y la mato a mi hija por loca histérica, seguro. Como los planetas a veces se alinean terminaron unos días antes de que llegáramos. Igual dos de los tres días llovió. Igual no me importa nada, amo ese lugar.

Eso para pasar Noviembre. Para pasar Diciembre ya reservamos vacaciones, como para tener un horizonte que nos impulse a seguir. Pagamos pasajes. Pagamos hotel. Así que más allá de los descuentos me parece que los regalos los compro en Munro igual. Además tengo que comprar velas y llevarlas, porque desde que reservamos no para de haber cortes de luz generales, gigantes, largos, en el país de destino vacacional. Será posible?

Uno tiende a creer que como cambia de calendario se puede cambiar de vida. Que das vuelta la hoja. Que lo pasado no cuenta. Estos últimos meses antes de volver a empezar se convierten en una carrera desenfrenada para desprenderse del lastre. Algo de verdad debe haber en todo esto. Pero yo este año me desprendí de una cantidad importante de masa corporal (y de las bolsas del super), estoy agotada como para seguir desprendiéndome de nada.

Lo cierto es que, más allá de los tropezones, a mí me gustan las fiestas de fin de año. Navidad es con mi familia y año nuevo con la de mi marido. Las cosas claras, es más fácil. Si recién te casaste corazón, espero que hayas hablado este temita antes de dar el si. Sino, suerte. Cuando no tenés hijos la cosa es más a o menos sencilla. Ahora, cuando todos los abuelos quieren estar con todos su nietos al mismo tiempo la cosa es más complicada. Si sabés jugar al tetris relajá, esto es muy parecido.

Decía, a mi me gusta la Navidad, vamos a Misa a la noche, la casa se inunda de regalos. Y de comida, claro. Pero hay espíritu. Soy una nena otra vez cuando veo a las mías. Me gusta regalar. Es una de las pocas noches del año en las que observo más de lo que hablo. Es una escena perfecta y desprolija que se sucede y me incluye. Siempre me asombra lo pronto que llegan las 12 en contraposición a lo lento que me resultaba cuando tenía 8. Atorada con la pavita que hace mi mamá salgo corriendo a bajar los regalos mientras otros adultos, también atorados, sacan a los niños a la calles para ver si ven a Noél. A la fuerza los sacan porque los nenes se asustan y lloran. Ven lo que les digo? Es una escena adorable.

El año nuevo me cae bien pero no tanto. Tiene más relación con la joda. Me encanta la joda pero odio los fuegos artificiales, siempre me asustan. Ahora que lo pienso, son tres cosas: El dentista, la gente que con las uñas de los pies largas y los fuegos artificiales. Igual la paso bien.

El tiempo pasa volando, aunque sea una obviedad. La cuestión es bailar al ritmo que te guste, con la base del tic tac irrefutable, y seguir danzando. Siempre.

Decía que en cualquier momento estamos tirando lo fuegos artificiales del 31. Yo mejor me apuro y vivo, porque a este paso cuando me quiera dar cuenta tengo cuatro décadas y ahí nomás me convierto en una canción de Arjona. Irremontable.

Dios me ampare y me permita llevarlo con dignidad. Este final de año digo.
(Y con un poco de onda que con la dignidad solita no hacemos nada).

martes, 3 de noviembre de 2009

Tenés la boca llena?


Promediaba el partido, que me importa nada, la tele prendida como telón de fondo y mi hija mayor mirando eso tan raro en casa que se llama fútbol. La menor haciendo lío, lo normal.

Yo voy y vengo acomodando, ordenando, juntando, delirando, la vida misma. Y en la mitad de la cuestión la mayor que pregunta: Mamá, quién es Maradona? Y eso que todavía no había empezado la conferencia de prensa.

No supe bien que responderle. El tipo me caía particularmente bien, su historia siempre me conmovió. Y desde hace unos años me desagrada abiertamente. Aunque su antes me sigue conmoviendo. De todos modos, ni lo que me conmueve ni lo que me desagrada es tanto. No lo amo y no lo odio. Me resbala y me la banco.

A la nena le podría haber mostrado la home de Facebook en donde millones de personas lo puteaban hasta en arameo porque el gol todavía no había sido. Pero no me pareció. Es muy menor.

Le hablé del mejor jugador del mundo, de las alegrías para el pueblo y de la camiseta. Luego le expliqué sobre su actual función de DT y el resto me lo guardé. Ella entonces ahí si comprendió y me dijo que era como el papá de Troy en High School (Evidentemente es una generación perdida):

Luego el gol, el amor renacido, la emoción general y un ratito después la invitación a que la chupen. Todos, aunque algunos entendieron que era sólo para la prensa.

Me gustan las malas palabras y los insultos en general, me parecieron muy ignorantes todas las declaraciones anti periodismo, más allá de que algunos hayan efectuado realmente el pedido de oralidad del otora jugador, pero claro, en otros contextos. Conozco las necesidades de muchos famosos de ser publicados. Y me dan pena. Conozco la necesidad de muchos periodistas de ser más noticia que la noticia. Y me dan ídem. En el medio, un mundo, la mayoría, de gente normal. Incluso famosos y periodistas. Desde cuando el insulto está relacionado con la libertad de prensa?

Para cuando empezó la conferencia la tele ya estaba apagada. Gracias a Dios. Porque mucho más difícil que explicar quién es Maradona es explicar qué implica chuparla.

Podría hacer un post únicamente dedicado a eso, a lo que implica. Es más, hay quienes me han reclamando algún escrito sobre el tema. Lo guardo entonces, pero no me aguanto y digo que para chuparla hay que contar con un común acuerdo (Además de con una buena técnica). Y que pedir que te chupe (cualquier parte de tu cuerpo) alguien qué te desagrada no habla más que de tu confusión. General. Pero con esto sigo luego.

Creo, volviendo, que un insulto bien puesto vale y suena a gloria, y creo que no fue este el caso, más allá de que no sea políticamente correcta mi declaración. Ahora, los que pusieron al cebollita, que de capas por descubrir ya no tiene nada, en ese lugar. Qué esperaban? Si te ponés de rodillas, a esa altura y con la trompa abierta en forma de O, no podes andar reclamando un beso en la frente. Sobre todo porque tenés la boca llena.

Y para terminar, so pena de que me rebajen a puteadas, yo soy de los que no creen que Maradona sea Dios. Pero no por lo desagradable de la reacción (y de la relación), sino porque una de mis mejores amigas me dijo que Google era Dios. Y le creo. Primero porque es mi amiga y segundo porque parece que no tengo que chuparle nada.

jueves, 29 de octubre de 2009

TIRANDO Y TIRONEANDO (me).


Llegó el pedido del Supermercado. Compro on line creyéndome que gasto menos porque no me tiento. Mentira. Pero por lo menos las bolsas y las botellas las suben los chicos del Super. Y además casi nunca tengo tiempo así que ya es así. Es por esto que, no sin cierto asombro, hemos llegado a la conclusión de que cuando la menor anda por la casa metiendo cosas en su changuito de plástico juega al cartonero, no al Super. Y bueno, es lo que hay. Señal de los tiempos de que corren.

Llegó el pedido del Super decía, y empecé a guardar las cosas. Cuando la gente ve nuestro pedido puede sospechar que se viene la tercera guerra y estamos aprovisionándonos. Pero no, es cuestión de practicidad. Sino me paso la vida yendo al chino. Igual me paso la vida yendo al chino. No veo la hora de que la mayor crezca para mandarla a ella.

Ufa, volvemos, llegó el pedido del Super, empecé a guardar las cosas y como siempre, cada bolsa que se liberaba iba apretujada en lapuertadelmuebledelacocinaqueadentrotieneuncosoenormeparaponermuchasbolsasvacias, puff. De repente, en uno de esos raros momentos de iluminación, noté que ni en 10 vidas iba a poder usar la cantidad de bolsas que guardaba. Y encima el medio ambiente. No soy una chica verde, pero tengo sentido común. Tiré las bolsas recién llegadas, tiré además una porción importante de las bolsas de lapuertadelmuebleetc,etc,etc y me aboqué a la reflexión. Maldita cabeza, si agarró al que me la puso sobre los hombros lo cago a trompadas. No alcanzaba con tirar las bolsas y punto?

Como soy muy torpe soy muy desprendida. Tal vez a simple vista esto no parece tener relación, sin embargo, es lineal. Como, por ejemplo, tarde o temprano voy a romper esa copa que tanto me gusta, primero no me apego, y segundo la uso y la uso y la disfruto cada vez (como a mi marido, sólo que a el espero no romperlo).

Puedo vivir entonces con un par de zapatos o con cien. Con cien mejor, obvio, pero no sufro. Regalo todo. Disfruto todo. No voy cargada. Por supuesto que hay cosas, porque de eso estamos hablando, de cosas, que tienen para mi algún valor sentimental. Y esas cosas son lógicamente caras a mis afectos, sin embargo, tampoco las padezco. Si se van las cosas me queda el sentimiento que vale más y en líneas generales no se ensucia.

He notado sin embargo que, como un lastre obsesivo, hay ciertos objetos que no puedo tirar. No me desprendo. Como antes con las bolsas.

No soporto que quede ensalada. La ensalada no sobrevive al otro día. La ensalada vieja no sirve. Muchas veces queda e igual la guardo, sólo para tirarla al día siguiente. Tal vez espero que, como un milagro del duende de las ensaladas o del duende de las heladeras al otro día la zanahoria esté rozagante. Nunca ocurre. Será porque odio a los duendes?

Me cuesta mucho también tirar los tarros vacíos. Los de dulce. Los de café. Los de miel. Los de Aceitunas. Los de sardinas. Los de champiñones. Es que uno nunca sabe lo que tendrá que envasar. Se acumulan de una manera los frascos en casa. Creo que no es necesario aclarar que en mi puta vida hice una puta conserva.

Me resulta prácticamente imposible desprenderme de un aro que ha perdido su par. O de una media que ha perdido la igual. Es que se, lo se, que si tiro el aro o la media casi instantáneamente aparecerá la extraviada. Ni siquiera necesito comprobarlo. Lo se.

No puedo tirar las macetas del balcón. Pero debería. Estaban cuando llegué, rápidamente se murió lo que crecía. Y siguen ahí. Como un testigo silencioso, y seco, de nuestra incapacidad para mantener vivo a un vegetal. Por qué no las tiro? Eh?

Tengo un cajón en el lavadero lleno de argollas de cortina. Cuando digo lleno es lleno. Los barrales de toda la casa venían con argollas que no usamos. Luego, cuando nos mudamos, había una caja llena de argollas (Se ve que la gente usaba el mismo tipo de cortinas que nosotros, es decir, sin argollas). Y las junté claro. Y viven ahí, creo, o por lo menos ahí estaba la última vez que abrí ese cajón. Hace casi tres años.

Me enoja tirar lo 2cm de gaseosa que quedan en la botella. Que nadie va a tomar porque no tiene gas. No lo tiro y encima si alguien lo llega a juntar con una gaseosa buena me enojo más. Ahí si me apuro y me deshago el restito de Coca Light. A quién se le ocurre que es mejor una gaseosa mediocre que una buena y una mala aunque más chicas? Tira la mala y tomate la buena. Trasladalo al sexo y vas a ver que tengo razón.

Como me llevo puesta y eso incluye la locura, en la oficina guardo sin parar hojas borrador. Ya no se en dónde ponerlas. Y no podría gastarlas nunca, aunque pusiera una adentro de cada bolsa. Je.

Será que puedo regalarte hasta la cortina del baño (Y eso que pienso que es lo primero que debe tener una casa, porque sino el enchastre…) pero me guardo algunas cosas. Y profundizando puedo notar que junto con los frascos, la lechuga mustia y el aro solitario debo llevar conmigo cuestiones más pesadas. Me sospecho portadora de algún viejo rencor, un miedo tapado, una angustia solitaria…

Ta que los parió. Y yo que estaba contenta porque estaba tirando las bolsas…

lunes, 12 de octubre de 2009

Manejar manejo, pero no autos (1/3)


NOTA DEL AUTOR: Post publicado en la revista on line Mujeres al Volante - Dietrich (Primera de tres entregas).

“Andá a lavar los platos” se escuchó en el medio de la avenida. Sin embargo, algo hacía ruido en la frase. La voz era femenina. La que gritaba era mi mejor amiga, al volante. El destinatario era un hombre también al volante aunque nunca tendría que haber tenido acceso ni al de los autitos chocadores.

La situación generó sonrisas. No en mi amiga, claro. La tipa es una de las personas (Dije personas, estoy englobando a ambos sexos) que mejor maneja en el mundo (Mejor maneja no significa que maneja lento, ni que maneja como un hombre, significa que maneja bien).

Tanta aclaración se debe a que mucho se ha escrito, y mucho más se dice a diario, sobre las diferencias entre los conductores hombres y las conductoras mujeres. Lugares comunes y frases hechas. Pero dan para el chiste.

Vamos entonces, haciendo gala de la misma discriminación que sufrimos a menudo, a enumerar algunas de las diferencias:

• Los hombres se enamoran de su auto. Las mujeres usan el auto que tengan a mano. Algunas a lo sumo se enamoran del auto del marido en lugar de enamorarse del marido, pero eso es otro tema.

• Los hombres mantienen las piezas originales de sus autos. Si tienen que buscar un repuesto son capaces de recorrer el país de punta a punta. Las mujeres los personalizan. Calcos, llaveritos, olores, fotos, rosario. Y no tunean el del novio porque tienen instinto de supervivencia, porque sino…

• Los hombres hacen un estudio de mercado antes de comprar un auto. Aunque finalmente compren uno usado con 25 años encima y con el cuenta kilómetros gastado. Las mujeres miran la economía familiar. Si el dinero no es una traba, miran que tenga formita redonda y por sobre todo, miran el color.

• Los hombres odian los autos familiares. Muchas mujeres también, pero son capaces de comprender la diferencia entre 3 chicos en un convertible y 3 chicos con su cinto de seguridad en un vehículo familiar.

• Los hombres odian que las mujeres manejen. Las mujeres odian que los hombres odien que ellas manejen.

Podríamos seguir por varios puntos más, pero cambiando de registro, sostenemos que suponer que todas las mujeres manejamos mal es como suponer que todos los hombres manejan bien. Ambos son razonamientos falaces. Y sobran pruebas.

Por ejemplo, he ido yo misma a hacer el curso de manejo en dos oportunidades. La primera me embaracé y mis nauseas y yo aborrecíamos profundamente a a la humanidad toda y eso incluía al instructor. Y lo dejé. La segunda, nos robaron el auto y me enoje. Y lo dejé. Los cursos de manejo y yo merecemos un texto aparte, créanme.

Estoy notando que no muevo la aguja de la estadística porque no manejo ni mal ni bien. No manejo. Prometo volver a intentarlo únicamente para poder relatar la experiencia.

Ahora, mientras, y que les quede bien claro, ni pienso irme a lavar los platos.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Cremas, el tiempo y rock & roll.


Durante años me desagradaron mucho las cremas. La textura, los olores. Todo feo. Luego, con la edad en ascenso y otras cosas en el contrario, las fui incorporando casi con cariño. Bueno, no tanto, son más bien cómo un trámite. Salgo de la ducha, me encremo toda. Ya ni lo pienso. Y como soy coherente, tampoco me importa mucho la marca ni la composición química. Controlo que tengan un precio razonable (de la media para arriba, digo, ya que me embadurno por lo menos que sirva para algo), aroma más bien cítrico o por lo menos no floral y si es posible un tarro bonito.

Una mañana de no hace mucho descubrí que se me había acabado la crema facial. Horror, mirá si se me caían los párpados por dos días de sequedad. Aproveché el hueco entre una reunión de no recuerdo qué y la compra de me acuerdo menos y me metí en el Shopping a por una. Me acerqué al panel de una marca que ya conozco y manoteé una anti age, y me iba ya a pagar cuando me ataja una de las vendedoras. Me sacó la crema de las manos y la miró. Luego me miró fijo. Con la misma seriedad con la que me han mirando los médicos que me han abierto la cabeza. Y me dijo que no, que de ningún modo, que anti age no. Que yo no tenía arrugas, que llevara una hidratante. Y me puso otra crema en la mano, de la misma marca pero más barata.

Yo casi le parto la boca de un beso. Y muy poco me importa si resulta que la mujer esta tenía, por ejemplo y porque soy mal pensada, comisión sobre el tarro que me llevé. Bien que se lo ganó carajo. Y así me fui a mi casa, con la crema para las que no tenemos arrugas y la autoestima reluciente.

Pero la verdad es otra, con crema o sin crema el tiempo pasa. Y este 2009 viene siendo como una bisagra.

Ocurre que este año no sólo yo cumplí 35. La mayoría de mis amigos también. Incluso algunos se animaron a los 36. Entonces oscilamos de cumple en cumple, tomando hepatalgina para que tanto festejo no nos arruine el colesterol. Y nos hamacamos entre la euforia, las soledades, los divorcios tempranos y las bodas maduras. Las velitas sin número por las dudas y la angustia propia mezclada con la compartida. Podríamos haber hecho un solo “festejo” y luego tasa tasa casa uno a su casa. Pero no, somos sufridos. Y nos gusta tomar.

En uno de los últimos cumples un amigo postulaba, con la misma seriedad con la que defendemos una licitación (porque seguimos hablando de las mismas pelotudeces, y Dios nos las guarde) que nos estábamos convirtiendo todos en ancianos musicales. Y se animaba a una teoría absolutista que aseguraba que todos, menos el, en algún momento, en alguna canción, nos habíamos quedado. Y de ahí en más, todo lo pasado era bueno y todo lo posterior una bazofia.

Claro que el pibe denotaba en su discurso una lucha descarnada contra el paso del tiempo y se convertía en la misma desgracia que criticaba. Porque que todo lo pasado sea bueno sólo por el hecho de serlo es tan tremendo como que todo lo nuevo sea bueno sólo por la novedad.

El peligro es, queridísimo amigo, en esta adolescencia musical eterna, que un día te vas a encontrar, por ejemplo en la fiesta de 15 de mi hija, haciendo pogo en la pista, pelado y con arrugas, mientras tus amigos te miran espantados y mi hija llora a los gritos pidiendo que alguien te saque del salón. Mirá, no se si te invito…

De todos modos algo de cierto debe haber, porque Tokio Hotel no es Metallica. Lo se. Y si lo es, no me importa. Por las dudas, y mientras tanto, organizamos un festival con todas las bandas cruzadas que se forman con el grupo de amigos. Porque si, la mayoría son músicos (Ni Tokio ni Metallica por si alguno tiene alguna duda). Somos de la generación que, por suerte, tiene más noche que happy hour. Ahora, profesionales la mayoría, padres algunos, mayores todos, la organización fue divertida, me puse botas hasta las rodillas y cinturón con tachas y me enamoré más del tipo con el que vivo, como siempre que lo veo tocando. Claro que nos rejunta el humor extraño ese que no amiga, y el festival se llamó Midlife Crisis Fest. Nada más claro.

Terminada esta fiesta yo me descubro pensando en la fiesta de mis 36, y aunque no tengo ninguna intención (Y tampoco tengo mucho tiempo, vamos a ser honesta) de ir en contra del tiempo he notado que últimamente, e internamente, me ha cambiado el paradigma. Hasta hace poco me llamaban la atención los detalles de la brecha generacional entre mis padres y yo. Y de un tiempo a esta parte se ha invertido y sin darme cuenta, me sorprenden las diferencias con mis hijas. Con los chicos que trabajan conmigo. Con las cajeras del supermercado. Hermoso. La historia de todos. Incluso de mi amigo musicalmente puber.

Distingo más fácilmente cuáles son las cosas que me gustan y cuáles no. Y las vocifero sin culpa. Me desagradan las personas que se hacen las boludas, odio la primavera, detesto las sandalias con medias y las pasas de uva calientes. Ir al gimnasio es una tortura. El color rosa me pone de mal humor y levantarme temprano es lo peor que me puede pasar en la vida. Me gustan los zapatos, mi familia, mis amigos, mi laburo, bailar y cantar. El color negro, el sushi, viajar y leer. El buen sexo, la buena comida y la buena bebida. Los juegos electrónicos y cualquier cosa que tenga botones (o pantalla táctil), luces y se conecte.

Tener claro que te gusta y que no, aunque parezcan banalidades, está buenísimo, te lo da el paso del tiempo, y te garantiza buenos momentos. Como en la cama. Como en la vida.

Cambian los días, los meses, los años. Incluso puede variar tu gusto musical.

No es dramático. Es lo que hay. La sangre caliente de hecho sigue estando. Se trata de prender la hornalla. Y de saber en dónde buscar el fuego.

Y además que me importa. Yo no tengo arrugas.

martes, 25 de agosto de 2009

Familiares encajados.


Mi abuela Mamama primero cumplió 90 años y después tuvo el mal gusto de morirse. O la dignidad. Depende.


Mi Tía Tita, soltera y sin apuro (ni para casarse ni para morirse), se fue a los 90 y pico, ya lejos del cutis de porcelana y las uñas pintadas color coral.


En este sitio sólo nombramos con su nombre real a los muertos. No es ética, es para que nadie reclame nada. Valga la aclaración.


Si bien una es herencia paterna (la tía) y la otra es herencia materna (la abuela), estos dos pilares de mi vida han compartido cenas familiares varias, cumpleaños, casamientos y velorios (No los de ellas, de hecho, ninguna de las dos fue velada). Sin embargo, y quien se los hubiera dicho, desde que han dejado este mundo han estado más cerca que nunca.


Juntitas las dos. En la oficina de mi padre. En donde atiende a los clientes. Una encima de la otra. Cada una en su urna.


Ocurre que para humor negro, mi casa. Es sano. Muy sano. Pero reconozco que a veces al entorno le resulta algo chocante. A nosotros nos mantiene vivos. Aparte a las viejas en algún lado las teníamos que poner.


Luego, varios meses después de haberlas apilado, la Parroquia del Barrio inauguró, con un sentido de la oportunidad increíble, un cinerario. Un cinerario es, al menos en este caso, una caja de concreto muy linda en donde se van tirando las cenizas de los fieles.


Partimos entonces con la tía y la abuela. Nos hubiera gustado llevar al abuelo, al marido de Mamama, pero no pudo ser. Cuando desmantelamos la casa de mi abuela, encontramos la urna allá arriba del ropero. Mi hermana la del medio, siempre tan despistada, subida a una banqueta, levantó una tapa negra con una cruz plateada y me miró preguntando: Y esto qué es? Yo le estaba por decir pero mi hermana la menor empezó a gritar, presa de un ataque de impresión (Creemos que es adoptada). Yo me reía, la del medio avisaba que la urna estaba vacía, la menor gritaba y mi madre exclamaba: Pero en dónde está papá? (Como verán o escribo o me convierto en una asesina serial).


Decía entonces que nos llevamos a la tía y a la abuela, tuvimos misa, mi hermana menor coherente con su aprensión se fue en la mitad y luego, a mi me tocó la tía y mi mamá llevó a su mamá. Una de urnas había! Los cinearios no son muy comunes y en el barrio se venían acumulando familiares en caja a lo loco.


Había que abrir las urnas, lo que generó expresiones de lo más extrañas en los dolientes. Porque, seamos honestos, yo a las dos las conocía bien, pero hay urnas que se van pasando de generación en generación y que al final no se sabe bien si son propias o si estaban ahí cuando te mudaste, junto con la maceta de venecitas. Mi madre, siempre tan genial, tenía un destornillador en la cartera, al lado de las carilinas, que salvó a más de uno de la vergüenza de andar zamarreando a los difuntos.


El señor que recibía las reliquias tenía una cuchara sopera en la mano con la que rascaba las urnas que estaban casi vacías (Haberlo sabido y llevábamos al abuelo). Luego una estampita y a irse por donde vinimos. La tía y la abuela en la casa de Dios, mamá contenta, clientes de papá sin impresionarse... Una maravilla.


Yo cerré el capítulo, me quedé con lo mejor de las dos y pasé a otra cosa. Unos días después mi hija mayor, la de 7, invitó a dos amigas a jugar. Cuando vienen niñas suelen ir a jugar al play. Desde el living yo escucho las conversaciones de los pequeños engendros infantiles. No es de chusma, estoy ahí. Reconozco, sin embargo, que no logro asimilar que todos los juegos comiencen con la muerte de los padres. Ya he comprendido que es habitual, ya he investigado y tiene que ver con la fantasía universal de la libertad absoluta (o con Cris Morena y todos sus programas) pero de todos modos me cuesta.


Estoy en el living, escribiendo por ejemplo, y tengo la secreta esperanza de que mi primogénita en algún momento diga algo del estilo de: “Dale que se mueren todos pero mi mamá no porque sin ella no puedo ni pensar en sobrevivir un microsegundo”. En lugar de eso escucho que les relata a las otras nenas que a la abuela y a la tía Tita las habíamos llevamos a la parroquia, las habían prendido fuego y para terminar, habíamos tiramos las cenizas en la casa de Dios. Noté que, sangre de mi sangre, había obviado comentarles a las amiguitas que no las habían quemado ahí, y sobre todo obvió decirles que estaban muertas. Un silencio en la merienda…


Me hice la adulta responsable y le expliqué en detalle la cuestión, seriamente, y ahí si pensé que habíamos terminado con el asunto, pero no.


Un par de días después estaba yo en la Facultad e intentaba mantener la atención durante toda la jornada en un seminario (como se pierde la costumbre eh). Con una mano jugaba con mi teléfono y con la otra jugaba con el borde de mi remera. Linda mi remera. De ahí pasé al bolsillo de mi jean y me encontré con un tornillo. No tengo alma de Bob el Constructor… demoré en hacer la conexión… pero si, ahí estaba, claramente, uno de los tornillo de la urna de la tía. Ahora, en qué momento me lo puse en el bolsillo y por qué carajo me lo puse en el bolsillo son misterios que no pretendo develar.


Que raro todo. Si yo no fuera yo podría pensar que era una clara señal de mi Tía, indignada por la irreverencia con la que me tomo estas cosas. Pero como justamente soy yo porque mi tía fue mi tía y mi abuela fue mi abuela, puedo decir tranquilamente que el tornillo en mi bolsillo ha sido un guiño seguro de estas mujeres que se cagan de risa de mí cuando me tomo algo en serio.


Brindo por ello y asumo que hay cuestiones que simplemente no concluyen aunque se conviertan en cenizas. Pedazo de bruta, por querer hacer cosas imposibles es que luego ando por la vida perdiendo los tornillos.