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textos que en algún lado tenía que poner.

lunes, 12 de enero de 2009

M de Mamama. Otra vez.


Hay algo que me cayó mal y anoche me acosté con retorcijones. Puteando a medio mundo porque no me gusta el dolor de panza.

Mi marido de viaje, la menor no entiende de ausencias y extraña. La menor y la mayor en mi cama, que está bien que mide 2 x 1,80 pero igual tres éramos muchas.


Logré dormirme, entre las tripas revueltas y las patadas de la criatura y a la madrugada la pequeña escaló a la hermana y se fue de cabeza al piso. Puta madre. Llanto, luz, inspección para descubrir golpes y a dormir otra vez. Y un ratito después, el despertador.


Arrancamos el día. Repartija de hijas, llegué a la oficina. Los lunes son días complicados. La panza dolía un poco menos y tenía mucho sueño yo. Así que como suelo hacer en esas situaciones, di vuelta la cosa y me dispuse a ponerle onda a la cuestión. Y cuando la energía renovada inundaba mi accionar, ahí nomas, sonó el teléfono.


Era mi hermana, la menor. Mamama está tirada en el piso, me dijo. Mamá y Papá ya salieron para ahí, aclaró. Sin mucha preocupación porque la habíamos encontrado desmayada una vez. Yo, porque si, sin ninguna premonición extraña, porque si, agarré los anteojos de sol, me olvidé la cartera y salí para la casa de mi abuela.


Llegué y la ambulancia, mi madre, mi padre, el gasista que justo tenía que terminar un trabajo y la señora que la cuida. Cuidaba. Mi padre reflexivo, el gasista angustiado, la novata Dra. del SAME asustada y mi mamá y la señora que la cuidaba llorando a los gritos. Porque viste que nosotros si no parecemos una película de Fellini no somos nosotros.


Y en el medio de todo eso, tirada en el piso, de espaldas, Mamama muerta.


Hace poco ella había amenzado con no hacerlo nunca. Morirse digo. Pero parece que le falló el oráculo.


Después el kilombo propio de todas las muertes. Y como yo soy mejor haciendo que sufriendo, me puse a hacer. Llamados, la cana (muerte dudosa porque estaba sola), la cochería, el pami, el certificado de defunción, que dónde carajo está la libreta de casamiento. Hermoso todo.


Descubrí que uno se muere como es. Mamama se murió de espaldas porque se golpeo la cara y con lo coqueta que era no iba a permitir que la viéramos amoratada. Y con la ropa prolija y planchada. Todo ordenado y los aritos puestos. Descubrí también que la orfandad no tiene edad. Mi mamá, tan grandota y con tanta polenta, tan sobreviviente de su propia vida, ella, estaba ahí llorando, abrazando a su hermano (Otro boludo grandote) y ahí, ellos dos, se recibían de huérfanos con un dolor intimo e incompartible.


No todo fue reflexión, por suerte puede pelearme con la doctora del Pami que muy suelta de cuerpo me dijo que iba a buscar el bisturí. Y cuándo le pregunté para qué me dijo que para sacar el marcapasos. Bestia, ahí, en su propia casa, sacarle a mi abuela la pila, delante de sus hijos. Ya se yo que esa no era mi abuela, pero anda a explicármelo a mi en ese momento. Pobre doctora no sabia con quien se cruzaba, casi me la como cruda.


Con todo listo, cuando ya eran las 5 de la tarde. Volví a casa con las dos nenas, una abuela menos y una tristeza nueva. Y sin querer, lloré. En el baño sin que me vean mis hijas. Si comparto un dolor con ellas tengo que estar tan fuerte como para poder absorber su propia angustia y dejarlas limpias. Y no era el caso. Millones de llamados de amigos. Pero se preocupan, porque no tengo el llanto fácil y hay muchos que me deben haber oído llorar por primera vez. Y bueno, lo que duele tiene que doler. Sino te enfermás.


Me saqué los zapatos y de a poco dejé atrás esa casa llena de cosas pero vacía porque ella ya no está. No pude dejar el llanto de mi mamá ni el de mis hermanas. Tengo la cara de las tres en mi cabeza. Me duele la muerta y me duelen las vivas. Cosas del amor.


Me bañé tranquila, porque mi amiga del alma, omnipresente, se carga a mis hijas y a mi angustia y me permite esos espacios hasta cuando no me corresponden.


Es rara la tristeza. Hacía mucho que no la sentía. No te deja lugar para muchas otras cosas. Y ya sé yo que Mamama tenía 90 años, tres marcapasos y un alzheimer galopante. Pero nada de eso tiene que ver con el dolor.


Es raro este post también. Es que el hábito de la escritura se me hizo carne, también hacía mucho que no lo sentía. Lo lamento por los lectores en este caso. Yo ya le había escrito a Mamama. Ahora tengo la necesidad de repetirlo en un burdo y remañido intento de hacerla perdurar. Luego, pronto, volverá el humor.


Me dijo una de mis mejores amigas hace un rato que yo ya sé que la muerte no existe. Y si es cierto, agotada y con ganas de un té, mientras escribo, empiezo a creer que después de tantos años de olvidos y alucinaciones, de enfermedad, desconocimiento y confusión, justamente hoy, el día de su muerte, yo recuperé a Mamama.


Cosas de la vida y de la muerte. Son lo mismo. Estoy en paz. Y ya no me duele la panza.

lunes, 5 de enero de 2009

M de Menos mal que ya pasó...


Recontrarrepodrida de que los dos gatos que nos tienen como mascotas lo tiraran a la mierda, un día antes de lo que la tradición indica, desarmé el arbolito.

Es grande el arbolito, herencia del abuelo de mi marido, que fallecido el unos meses antes de que nos mudaramos, nos fue legado entre otras tantas cosas.
(El arbolito y las cosas, no el abuelo).

Como con la casa, triplicamos el tamaño. Pero vino sin adornos (el arbolito y la casa, pero estamos hablando del abeto). Y desmedida como soy, no sea cosa que el pobre pino se sintiera desnudo, compré porquerías como para ornamentar el frente de la Facultad de Derecho. Y los puse todos. Pesaba el arbolito (Y estoy dejando el tema estético de lado). Y costó desarmarlo.


Puede ser que haya costado, pienso ahora mientras escribo y me tomo un té, porque desde el momento en que lo armamos, allá hace tanto tiempo, como 30 días (o siglos), hice unas quichicientas millones de cosas. Todas relacionadas con ese amplio concepto que se denomina “Fin de año”. Y a la hora del desarme, hace un rato, estaba yo definitivamente agotada.


La mayoría de las tareas realizadas durante diciembre ya ni las recuerdo. El rígido se me achicó (En contraposición a tantas otras partes de mi), pero puedo referirme únicamente a los dos eventos claves, Nochebuena y Fin de año, y no se si me alcanza el post para semejante reseña.


Como en los últimos 5 años, porque perseverante soy, me propuse empezar a comprar los regalos en Agosto. Obviamente eso no ocurrió por infinidad de motivos, y como me gusta regalar, concentré la lista interminable de obsequios en unos 3 días. Básicamente los de promociones de descuento de las tarjetas. Hice malabares para tener los paquetes fuera de la vista de la mayor. Todo para que un día antes me preguntara si yo realmente creía en Papel Noel. Parece que en la Colonia una nena le había dicho no se qué al respecto. Puse en funcionamiento (Y tengo doble mérito porque fue en Diciembre) las neuronas que me quedan y hurgué entre ellas algo que haya quedado de los cursos de oratoria y debate. Y ahí mismo le solté: “Y vos, crees?”. Porque yo puedo ser jodida, pero mentirosa no, así que no estaba dispuesta a engañarla. Opte por complicarle la existencia. Ella me miró, sospecho que sopesó la posibilidad de quedarse sin regalo ante la falta de Fe, me dijo que si y se fue a jugar.


Cuando me di cuenta, era 24, eran las 20.10 y yo sin bañarme. Es que había un sol que rajaba la tierra. Y la nena que ayudaba en la misa de gallo. Corrí entonces y me bañé, me vestí, las vestí, y mientras mi marido las sentaba en el auto, yo metí en la canasta las bandejas de ensalada para acompañar la Pavita, el Cerdo y el matambre (Porque lo de exagerada lo heredé), las frutas secas, las bebidas frías, las frutas disecadas para mi padre diabético, los regalos que aún no había logrado trasladar, el champagne para el brindis post brindis en la casa mis suegros, los regalos para esta gente, abrigo para las nenas y una bolsa de alimentos no perecederos (Condición para el ingreso a la fiesta organizada por mi cuñado, que Dios sabrá por qué, este año desplegó un costado solidario). Y el rimel en la mano para tunearme en el auto.


Llegamos a la misa corriendo, a la cena contentos, y al final de la noche casi de milagro. Comimos como animales, celebramos, brindamos, abrimos 800 regalos (Todos los años no prometemos austeridad con mis hermanas, que estos chicos tienen de todo que no valoran nada, al pedo mirá, siempre hay una montaña de regalos, y qué). Increíblemente los celulares anduvieron y me llenaron de mensajes buena onda. A mi me gustan las fiestas eh. Y más me gustan mis amigos.

Luego cargamos la cuota de regalos que entraban en el auto, dejamos un poco para el otro día, agarramos el resto de los bártulos y nos fuimos a lo de mis suegros. En donde repetimos pero sin la cena. Y cuando a las dos y media de la madrugada no había comenzado la fiesta, volvimos a casa, con la bolsa de alimentos no perecederos incluída porque no logramos dar con ella para dejarla en la puerta del festejo, y en el living de casa vimos como nuestra hija abría paquete por paquete. Notamos como la menor prefería el envoltorio de un auto del hombre araña del primo a los 19 regalos que había recibido y nos fuimos a dormir.

Desde ahí y hasta el 31 fiesta de fin de año de la oficina, cambio de regalos chicos, repetidos o ambos y la consecuente mala sangre porque ya, ahí, un rato después muchos estaban casa a mitad de precio. Fin de año adelantado con amigos. Entrega de informes. La Colonia. Un futuro incierto y buenos deseos.


Y así, otra vez, casi sin darme cuenta, eran las 20.10, y un sol que parte el pavimento, pero a misa el 31 no vamos. Y se repite la cosa. Comés, tomás, brindás, deseás. Fiesta había, pero ya no teníamos la ilusión de poder asistir. El cuerpo te pide y al cuerpo le das. Sino te morís. Y si te morís un fin de año es un incordio.


Y así terminó el año nomás. Intento tomar aire antes de ponerme a preparar las vacaciones. Odio preparar las vacaciones. No quiero hacer valijas nunca más. No se si existe el término para la fobia a preparar equipaje, pero yo tengo eso. Asumo como compromiso anual (Ahí arranco con la gansada eh) el trabajo de la liviandad. Pero la interna. Nada es taaannnn tremendo. Ahí vamos. Y sobre la otra liviandad, la del cuerpo engrosado por años con el plus de las fiestas, mejor la dejo para otro post. O para otro año.


Y desvelada y contenta porque finalmente tengo tiempo para volver a escribir, y sola porque mi esposo está volando a Europa en este mismo momento, estoy dispuesta a saltarle a la yugular al que me acuse de haber desarmado el arbolito un día antes.


No lo desarmé un día antes. Lo armé el 6 de diciembre, asi que lo desarmé un (larguísimo) mes después.

lunes, 22 de diciembre de 2008

M de Mes a Mes.

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Hace como dos meses que estamos por acabar el año. Literalmente, lo vamos a acabar (Sin ningún doble sentido orgásmico). Lo bueno es que ni cuenta nos damos entre tanta lista de regalos y tanto turrón. Que con qué plata logramos comprar todos los regalos (y el turrón) es otro tema.

Los argentinos gozamos de una especie de regocijo morboso. Tenemos ventaja. El mundo en crisis. Y nosotros, acá, relajadísimos, con sobrada experiencia en el tema.


Vimos a Madonna, nos quemamos la cabeza con gente en pelotas bailando por no recuerdo qué, nos reencontramos con la inflación, nos grita la reina que nos gobierna y como princesas no tenemos, disfrutamos del casamiento de Flor de la V.


Medio año estuvimos paralizados por la disputa Gobierno vs. Campo y la otra mitad intentando reponernos. River último y Maradona abuelo (pero no de la Selección, eh).


En el mundo, Ingrid Libre, y en reemplazo del que se ganó el zapatazo, Obama. Después, lo mismo de siempre pero peor. Como en las familias, en épocas de crisis se sacan los trapitos al sol. Llega la Navidad y el tío que huele mal recibe jabón. Mucha guerra, mucho rehén. Discriminación y barbarie. Con el mundo y con el tío.


Un 2008 tremendo, pero no tan diferente. Sólo que uno está más viejo. Siempre.

En casa el verano pasó con calor y terminó en Merlo. La bebe sobre todo puso a prueba mi paciencia. La mayor creció tanto que da miedo. Ocho años de amor. Los gatos son dos. La familia y los amigos. Llegó el otoño, mi estación favorita y casi nos mata de frío el invierno, pero no. La primavera se hizo presente a pesar de mi negativa y enseguida, otra vez verano.

Promediando diciembre, mientras intento adivinar si el ataque de hígado me va a agarrar antes o después del 31, misteriosamente siento algo que se parece al espíritu navideño. Me convence de que apenas terminen estos 365 empiezan otros. Y que cada uno haga lo que quiera con ellos.


Afirmo descaradamente que, si sobrevivimos a estas fiestas, la vida sigue a diario.
Y que la bolsa nada, pero nada, tiene que ver con esto.


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domingo, 14 de diciembre de 2008

M DE MI AMOR.


Con mi amor primero fuimos compañeros de colegio, luego amigos. Después mucho más amigos. Finalmente novios. A continuación ex. (Estuvimos un tanto reiterativos con estos dos últimos estados). Un día de diciembre, con un calor divino, nos casamos. Y un ratito después, hace unos días, cumplimos ocho años de casados.

Ese mismo día, el del aniversario, en la cama y a oscuras, hicimos una especie de racconto de lo acontecido. Porque de verdad nos parecía que si abríamos la heladera íbamos a encontrar un pedazo de torta de bodas (Gracias a Dios no eh). Parece que en 8 años tuvimos dos hijas, dos gatos, dos casas, dos autos, familiares muertos, otros que casi, algunos que deberían, un tumor, muchos viajes, muchos sobrinos, una empresa, varios trabajos diferentes, la familia, ex amigos, nuevos amigos y los buenos de siempre.

Y para ser honestos, casi ninguna pelea importante. Y de la monotonía nada. Y de la abulia y el aburrimiento que nos habían prometido ni noticias. Nosotros la pasamos bien juntos. Nos admiramos y nos respetamos, pero por sobre todo nos reímos mucho. Hasta las discusiones son graciosas, parecen campeonatos de ironías. Y claro, el sexo es genial. Y mucho.
(Porque viste que está todo eso de que la pasión se acaba, bla, bla, bla. Ja!).

Nosotros por las dudas hicimos una especie de contrato tácito. Nos casamos por diez años. Y después vemos. Si estamos de acuerdo renovamos. Sino, como diría mi hermana, a otra cosa mariposa y si te he visto no me acuerdo. Y capaz renovamos por menos tiempo, no sea cosa que los próximos diez se nos hagan largos.


Mientras, como faltan dos años, festejamos el aniversario. Bueno, el día exacto no pudo ser porque era lunes y las nenas, y el laburo. Instituimos entonces la semana del aniversario. Y se llenó la casa de jazmines, y el aroma me recuerda que es la semana “de”. Y me lleva a la noche de bodas, cuando entramos al departamento a las casi nueve de la mañana, con una bandeja de bombas de chocolate de la mesa dulce, arrastrando yo mi vestido de cuero (diciembre, calor matinal, hermoso) y el su traje y desde el pasillo de entrada nomas, el departamento que sólo tenía somier y heladera estaba inundado de jazmines (Es la única flor que me gusta, el resto me resultan desagradables). Y entonces, rodeados de jazmines, hace 8 años, desayunamos dos botellas de champagne y las bombas de chocolate y cuando nuestros amigos y cuñados sacaron el dedo del timbre empezamos realmente a festejar.

Para los 8 años, como si llegamos a desayunar champagne con chocolate nos internan, habíamos pensado en irnos a pasar un fin de semana romántico a un hotel con spa. Era todo un desafío de logística. Dejar a las dos nenas todo el fin de semana con todo organizado requería más concentración de mi parte que el plan de negocios de mi empresa para un 2009 en crisis mundial.

Lo bueno fue que cuando nos pasaron el presupuesto lo desestimamos inmediatamente. Luego investigamos varias opciones, hicimos un análisis profundo y elegimos. Nos vamos a ir a un telo. A un telo caro, no se crean. Total, a los fines prácticos, es lo mismo.


Así que promediando la semana que terminaremos pernoctando reconozco que a veces me atacan una sensación rara, como de quien espera una tragedia. Porque todo el mundo te dice, todo el mundo te advierte. Y yo sólo tengo motivos para celebrar. Bueno, no somos Laura y Almanso (gracias a Dios porque yo adentro de un vestido con flores debo ser un espectáculo terrorífico), pero vamos juntos.


Mi amor, al que le va a agarrar un paro cardiorrespiratorio de la vergüenza cuando lea esto, es un tipo amoroso y apasionado. Brutalmente honesto e intrínsecamente bondadoso. Muy generoso conmigo. Muy inteligente y muy irónico. Tan dulce con sus hijas que da asco. Tan enamorado de mi que me desarma todos los días. Es una de las poquísimas personas en el mundo que me cierra la boca. Y no de un beso. Mi amor me sorprende en las situaciones en las que me caigo. Mi amor era un chico cuando me enamoré de el. Y ahora es un hombre que toca la guitarra y que viajó 8 horas abrazado a la wii. Y por eso también lo amo. Mi amor confía. Y yo en el. Siempre. Quiero que esté conmigo pero puedo vivir sin el. Mi amor me mejora y yo doy mi vida por el.


Con mi amor no tenemos ositos de peluche ni mensajes cantados. Sabemos que un pasacalle para el día de los enamorados no sería otra cosa que el comienzo del divorcio, jugamos competencias para ver quién hace más puntos en la DS y disfrutamos de los éxitos del otro. Siempre. Mi amor nunca me trajo bombones en una caja en forma de corazón (porque sino no llegábamos a los 8 años) y siempre soy su prioridad. Y el la mía. Y no hay mucho más que eso.

Y en este post que desde el principio nomas peca de meloso (Prometo que no vuelvo a escribir algo así) sólo me resta agregar que me cago en los agoreros, que desafío al destino y que apuesto a más. Porque mi amor, yo ya me agendo, que en dos años, me vuelvo a casar con vos.


Y esta vez asumo que me toca a mí, entonces, para que tengas tiempo para pensar la respuesta, te pregunto desde ahora… Te querés volver a casar conmigo?


Sería un honor.

(Y feliz aniversario).