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textos que en algún lado tenía que poner.

martes 3 de noviembre de 2009

Tenés la boca llena?


Promediaba el partido, que me importa nada, la tele prendida como telón de fondo y mi hija mayor mirando eso tan raro en casa que se llama fútbol. La menor haciendo lío, lo normal.

Yo voy y vengo acomodando, ordenando, juntando, delirando, la vida misma. Y en la mitad de la cuestión la mayor que pregunta: Mamá, quién es Maradona? Y eso que todavía no había empezado la conferencia de prensa.

No supe bien que responderle. El tipo me caía particularmente bien, su historia siempre me conmovió. Y desde hace unos años me desagrada abiertamente. Aunque su antes me sigue conmoviendo. De todos modos, ni lo que me conmueve ni lo que me desagrada es tanto. No lo amo y no lo odio. Me resbala y me la banco.

A la nena le podría haber mostrado la home de Facebook en donde millones de personas lo puteaban hasta en arameo porque el gol todavía no había sido. Pero no me pareció. Es muy menor.

Le hablé del mejor jugador del mundo, de las alegrías para el pueblo y de la camiseta. Luego le expliqué sobre su actual función de DT y el resto me lo guardé. Ella entonces ahí si comprendió y me dijo que era como el papá de Troy en High School (Evidentemente es una generación perdida):

Luego el gol, el amor renacido, la emoción general y un ratito después la invitación a que la chupen. Todos, aunque algunos entendieron que era sólo para la prensa.

Me gustan las malas palabras y los insultos en general, me parecieron muy ignorantes todas las declaraciones anti periodismo, más allá de que algunos hayan efectuado realmente el pedido de oralidad del otora jugador, pero claro, en otros contextos. Conozco las necesidades de muchos famosos de ser publicados. Y me dan pena. Conozco la necesidad de muchos periodistas de ser más noticia que la noticia. Y me dan ídem. En el medio, un mundo, la mayoría, de gente normal. Incluso famosos y periodistas. Desde cuando el insulto está relacionado con la libertad de prensa?

Para cuando empezó la conferencia la tele ya estaba apagada. Gracias a Dios. Porque mucho más difícil que explicar quién es Maradona es explicar qué implica chuparla.

Podría hacer un post únicamente dedicado a eso, a lo que implica. Es más, hay quienes me han reclamando algún escrito sobre el tema. Lo guardo entonces, pero no me aguanto y digo que para chuparla hay que contar con un común acuerdo (Además de con una buena técnica). Y que pedir que te chupe (cualquier parte de tu cuerpo) alguien qué te desagrada no habla más que de tu confusión. General. Pero con esto sigo luego.

Creo, volviendo, que un insulto bien puesto vale y suena a gloria, y creo que no fue este el caso, más allá de que no sea políticamente correcta mi declaración. Ahora, los que pusieron al cebollita, que de capas por descubrir ya no tiene nada, en ese lugar. Qué esperaban? Si te ponés de rodillas, a esa altura y con la trompa abierta en forma de O, no podes andar reclamando un beso en la frente. Sobre todo porque tenés la boca llena.

Y para terminar, so pena de que me rebajen a puteadas, yo soy de los que no creen que Maradona sea Dios. Pero no por lo desagradable de la reacción (y de la relación), sino porque una de mis mejores amigas me dijo que Google era Dios. Y le creo. Primero porque es mi amiga y segundo porque parece que no tengo que chuparle nada.

jueves 29 de octubre de 2009

TIRANDO Y TIRONEANDO (me).


Llegó el pedido del Supermercado. Compro on line creyéndome que gasto menos porque no me tiento. Mentira. Pero por lo menos las bolsas y las botellas las suben los chicos del Super. Y además casi nunca tengo tiempo así que ya es así. Es por esto que, no sin cierto asombro, hemos llegado a la conclusión de que cuando la menor anda por la casa metiendo cosas en su changuito de plástico juega al cartonero, no al Super. Y bueno, es lo que hay. Señal de los tiempos de que corren.

Llegó el pedido del Super decía, y empecé a guardar las cosas. Cuando la gente ve nuestro pedido puede sospechar que se viene la tercera guerra y estamos aprovisionándonos. Pero no, es cuestión de practicidad. Sino me paso la vida yendo al chino. Igual me paso la vida yendo al chino. No veo la hora de que la mayor crezca para mandarla a ella.

Ufa, volvemos, llegó el pedido del Super, empecé a guardar las cosas y como siempre, cada bolsa que se liberaba iba apretujada en lapuertadelmuebledelacocinaqueadentrotieneuncosoenormeparaponermuchasbolsasvacias, puff. De repente, en uno de esos raros momentos de iluminación, noté que ni en 10 vidas iba a poder usar la cantidad de bolsas que guardaba. Y encima el medio ambiente. No soy una chica verde, pero tengo sentido común. Tiré las bolsas recién llegadas, tiré además una porción importante de las bolsas de lapuertadelmuebleetc,etc,etc y me aboqué a la reflexión. Maldita cabeza, si agarró al que me la puso sobre los hombros lo cago a trompadas. No alcanzaba con tirar las bolsas y punto?

Como soy muy torpe soy muy desprendida. Tal vez a simple vista esto no parece tener relación, sin embargo, es lineal. Como, por ejemplo, tarde o temprano voy a romper esa copa que tanto me gusta, primero no me apego, y segundo la uso y la uso y la disfruto cada vez (como a mi marido, sólo que a el espero no romperlo).

Puedo vivir entonces con un par de zapatos o con cien. Con cien mejor, obvio, pero no sufro. Regalo todo. Disfruto todo. No voy cargada. Por supuesto que hay cosas, porque de eso estamos hablando, de cosas, que tienen para mi algún valor sentimental. Y esas cosas son lógicamente caras a mis afectos, sin embargo, tampoco las padezco. Si se van las cosas me queda el sentimiento que vale más y en líneas generales no se ensucia.

He notado sin embargo que, como un lastre obsesivo, hay ciertos objetos que no puedo tirar. No me desprendo. Como antes con las bolsas.

No soporto que quede ensalada. La ensalada no sobrevive al otro día. La ensalada vieja no sirve. Muchas veces queda e igual la guardo, sólo para tirarla al día siguiente. Tal vez espero que, como un milagro del duende de las ensaladas o del duende de las heladeras al otro día la zanahoria esté rozagante. Nunca ocurre. Será porque odio a los duendes?

Me cuesta mucho también tirar los tarros vacíos. Los de dulce. Los de café. Los de miel. Los de Aceitunas. Los de sardinas. Los de champiñones. Es que uno nunca sabe lo que tendrá que envasar. Se acumulan de una manera los frascos en casa. Creo que no es necesario aclarar que en mi puta vida hice una puta conserva.

Me resulta prácticamente imposible desprenderme de un aro que ha perdido su par. O de una media que ha perdido la igual. Es que se, lo se, que si tiro el aro o la media casi instantáneamente aparecerá la extraviada. Ni siquiera necesito comprobarlo. Lo se.

No puedo tirar las macetas del balcón. Pero debería. Estaban cuando llegué, rápidamente se murió lo que crecía. Y siguen ahí. Como un testigo silencioso, y seco, de nuestra incapacidad para mantener vivo a un vegetal. Por qué no las tiro? Eh?

Tengo un cajón en el lavadero lleno de argollas de cortina. Cuando digo lleno es lleno. Los barrales de toda la casa venían con argollas que no usamos. Luego, cuando nos mudamos, había una caja llena de argollas (Se ve que la gente usaba el mismo tipo de cortinas que nosotros, es decir, sin argollas). Y las junté claro. Y viven ahí, creo, o por lo menos ahí estaba la última vez que abrí ese cajón. Hace casi tres años.

Me enoja tirar lo 2cm de gaseosa que quedan en la botella. Que nadie va a tomar porque no tiene gas. No lo tiro y encima si alguien lo llega a juntar con una gaseosa buena me enojo más. Ahí si me apuro y me deshago el restito de Coca Light. A quién se le ocurre que es mejor una gaseosa mediocre que una buena y una mala aunque más chicas? Tira la mala y tomate la buena. Trasladalo al sexo y vas a ver que tengo razón.

Como me llevo puesta y eso incluye la locura, en la oficina guardo sin parar hojas borrador. Ya no se en dónde ponerlas. Y no podría gastarlas nunca, aunque pusiera una adentro de cada bolsa. Je.

Será que puedo regalarte hasta la cortina del baño (Y eso que pienso que es lo primero que debe tener una casa, porque sino el enchastre…) pero me guardo algunas cosas. Y profundizando puedo notar que junto con los frascos, la lechuga mustia y el aro solitario debo llevar conmigo cuestiones más pesadas. Me sospecho portadora de algún viejo rencor, un miedo tapado, una angustia solitaria…

Ta que los parió. Y yo que estaba contenta porque estaba tirando las bolsas…

lunes 12 de octubre de 2009

Manejar manejo, pero no autos (1/3)


NOTA DEL AUTOR: Post publicado en la revista on line Mujeres al Volante - Dietrich (Primera de tres entregas).

“Andá a lavar los platos” se escuchó en el medio de la avenida. Sin embargo, algo hacía ruido en la frase. La voz era femenina. La que gritaba era mi mejor amiga, al volante. El destinatario era un hombre también al volante aunque nunca tendría que haber tenido acceso ni al de los autitos chocadores.

La situación generó sonrisas. No en mi amiga, claro. La tipa es una de las personas (Dije personas, estoy englobando a ambos sexos) que mejor maneja en el mundo (Mejor maneja no significa que maneja lento, ni que maneja como un hombre, significa que maneja bien).

Tanta aclaración se debe a que mucho se ha escrito, y mucho más se dice a diario, sobre las diferencias entre los conductores hombres y las conductoras mujeres. Lugares comunes y frases hechas. Pero dan para el chiste.

Vamos entonces, haciendo gala de la misma discriminación que sufrimos a menudo, a enumerar algunas de las diferencias:

• Los hombres se enamoran de su auto. Las mujeres usan el auto que tengan a mano. Algunas a lo sumo se enamoran del auto del marido en lugar de enamorarse del marido, pero eso es otro tema.

• Los hombres mantienen las piezas originales de sus autos. Si tienen que buscar un repuesto son capaces de recorrer el país de punta a punta. Las mujeres los personalizan. Calcos, llaveritos, olores, fotos, rosario. Y no tunean el del novio porque tienen instinto de supervivencia, porque sino…

• Los hombres hacen un estudio de mercado antes de comprar un auto. Aunque finalmente compren uno usado con 25 años encima y con el cuenta kilómetros gastado. Las mujeres miran la economía familiar. Si el dinero no es una traba, miran que tenga formita redonda y por sobre todo, miran el color.

• Los hombres odian los autos familiares. Muchas mujeres también, pero son capaces de comprender la diferencia entre 3 chicos en un convertible y 3 chicos con su cinto de seguridad en un vehículo familiar.

• Los hombres odian que las mujeres manejen. Las mujeres odian que los hombres odien que ellas manejen.

Podríamos seguir por varios puntos más, pero cambiando de registro, sostenemos que suponer que todas las mujeres manejamos mal es como suponer que todos los hombres manejan bien. Ambos son razonamientos falaces. Y sobran pruebas.

Por ejemplo, he ido yo misma a hacer el curso de manejo en dos oportunidades. La primera me embaracé y mis nauseas y yo aborrecíamos profundamente a a la humanidad toda y eso incluía al instructor. Y lo dejé. La segunda, nos robaron el auto y me enoje. Y lo dejé. Los cursos de manejo y yo merecemos un texto aparte, créanme.

Estoy notando que no muevo la aguja de la estadística porque no manejo ni mal ni bien. No manejo. Prometo volver a intentarlo únicamente para poder relatar la experiencia.

Ahora, mientras, y que les quede bien claro, ni pienso irme a lavar los platos.

miércoles 23 de septiembre de 2009

Cremas, el tiempo y rock & roll.


Durante años me desagradaron mucho las cremas. La textura, los olores. Todo feo. Luego, con la edad en ascenso y otras cosas en el contrario, las fui incorporando casi con cariño. Bueno, no tanto, son más bien cómo un trámite. Salgo de la ducha, me encremo toda. Ya ni lo pienso. Y como soy coherente, tampoco me importa mucho la marca ni la composición química. Controlo que tengan un precio razonable (de la media para arriba, digo, ya que me embadurno por lo menos que sirva para algo), aroma más bien cítrico o por lo menos no floral y si es posible un tarro bonito.

Una mañana de no hace mucho descubrí que se me había acabado la crema facial. Horror, mirá si se me caían los párpados por dos días de sequedad. Aproveché el hueco entre una reunión de no recuerdo qué y la compra de me acuerdo menos y me metí en el Shopping a por una. Me acerqué al panel de una marca que ya conozco y manoteé una anti age, y me iba ya a pagar cuando me ataja una de las vendedoras. Me sacó la crema de las manos y la miró. Luego me miró fijo. Con la misma seriedad con la que me han mirando los médicos que me han abierto la cabeza. Y me dijo que no, que de ningún modo, que anti age no. Que yo no tenía arrugas, que llevara una hidratante. Y me puso otra crema en la mano, de la misma marca pero más barata.

Yo casi le parto la boca de un beso. Y muy poco me importa si resulta que la mujer esta tenía, por ejemplo y porque soy mal pensada, comisión sobre el tarro que me llevé. Bien que se lo ganó carajo. Y así me fui a mi casa, con la crema para las que no tenemos arrugas y la autoestima reluciente.

Pero la verdad es otra, con crema o sin crema el tiempo pasa. Y este 2009 viene siendo como una bisagra.

Ocurre que este año no sólo yo cumplí 35. La mayoría de mis amigos también. Incluso algunos se animaron a los 36. Entonces oscilamos de cumple en cumple, tomando hepatalgina para que tanto festejo no nos arruine el colesterol. Y nos hamacamos entre la euforia, las soledades, los divorcios tempranos y las bodas maduras. Las velitas sin número por las dudas y la angustia propia mezclada con la compartida. Podríamos haber hecho un solo “festejo” y luego tasa tasa casa uno a su casa. Pero no, somos sufridos. Y nos gusta tomar.

En uno de los últimos cumples un amigo postulaba, con la misma seriedad con la que defendemos una licitación (porque seguimos hablando de las mismas pelotudeces, y Dios nos las guarde) que nos estábamos convirtiendo todos en ancianos musicales. Y se animaba a una teoría absolutista que aseguraba que todos, menos el, en algún momento, en alguna canción, nos habíamos quedado. Y de ahí en más, todo lo pasado era bueno y todo lo posterior una bazofia.

Claro que el pibe denotaba en su discurso una lucha descarnada contra el paso del tiempo y se convertía en la misma desgracia que criticaba. Porque que todo lo pasado sea bueno sólo por el hecho de serlo es tan tremendo como que todo lo nuevo sea bueno sólo por la novedad.

El peligro es, queridísimo amigo, en esta adolescencia musical eterna, que un día te vas a encontrar, por ejemplo en la fiesta de 15 de mi hija, haciendo pogo en la pista, pelado y con arrugas, mientras tus amigos te miran espantados y mi hija llora a los gritos pidiendo que alguien te saque del salón. Mirá, no se si te invito…

De todos modos algo de cierto debe haber, porque Tokio Hotel no es Metallica. Lo se. Y si lo es, no me importa. Por las dudas, y mientras tanto, organizamos un festival con todas las bandas cruzadas que se forman con el grupo de amigos. Porque si, la mayoría son músicos (Ni Tokio ni Metallica por si alguno tiene alguna duda). Somos de la generación que, por suerte, tiene más noche que happy hour. Ahora, profesionales la mayoría, padres algunos, mayores todos, la organización fue divertida, me puse botas hasta las rodillas y cinturón con tachas y me enamoré más del tipo con el que vivo, como siempre que lo veo tocando. Claro que nos rejunta el humor extraño ese que no amiga, y el festival se llamó Midlife Crisis Fest. Nada más claro.

Terminada esta fiesta yo me descubro pensando en la fiesta de mis 36, y aunque no tengo ninguna intención (Y tampoco tengo mucho tiempo, vamos a ser honesta) de ir en contra del tiempo he notado que últimamente, e internamente, me ha cambiado el paradigma. Hasta hace poco me llamaban la atención los detalles de la brecha generacional entre mis padres y yo. Y de un tiempo a esta parte se ha invertido y sin darme cuenta, me sorprenden las diferencias con mis hijas. Con los chicos que trabajan conmigo. Con las cajeras del supermercado. Hermoso. La historia de todos. Incluso de mi amigo musicalmente puber.

Distingo más fácilmente cuáles son las cosas que me gustan y cuáles no. Y las vocifero sin culpa. Me desagradan las personas que se hacen las boludas, odio la primavera, detesto las sandalias con medias y las pasas de uva calientes. Ir al gimnasio es una tortura. El color rosa me pone de mal humor y levantarme temprano es lo peor que me puede pasar en la vida. Me gustan los zapatos, mi familia, mis amigos, mi laburo, bailar y cantar. El color negro, el sushi, viajar y leer. El buen sexo, la buena comida y la buena bebida. Los juegos electrónicos y cualquier cosa que tenga botones (o pantalla táctil), luces y se conecte.

Tener claro que te gusta y que no, aunque parezcan banalidades, está buenísimo, te lo da el paso del tiempo, y te garantiza buenos momentos. Como en la cama. Como en la vida.

Cambian los días, los meses, los años. Incluso puede variar tu gusto musical.

No es dramático. Es lo que hay. La sangre caliente de hecho sigue estando. Se trata de prender la hornalla. Y de saber en dónde buscar el fuego.

Y además que me importa. Yo no tengo arrugas.